Lucha, amigo mío, lucha como quien ha comprendido que el simple acto de respirar ya es una forma de desafío frente al abismo. No inclines la cabeza ni cuando el cansancio te doblegue la espalda, ni cuando el desaliento susurre mentiras dulces al oído, porque incluso cuando el horizonte parece desvanecerse, cuando una muralla de piedra y sombras se alza en mitad del sendero, existe siempre, más allá de ese obstáculo, una llanura silenciosa aguardando tu llegada. No la ves, no la hueles, no la intuyes siquiera, pero está ahí, paciente y eterna, esperando únicamente a que tengas el coraje de cruzar.
Hay destinos que parecen escritos con tinta cruel. Hay dones que a otros les son concedidos como si el azar los repartiera con manos generosas, mientras que a ti te serán negados una y otra vez, no por falta de merecimiento, sino por una suerte de injusticia antigua que gobierna el mundo sin dar explicaciones. Pero aun así, lucha. Lucha porque la vida no se rige por la equidad, sino por la actitud con la que te plantas ante su rostro implacable. Lo que a otros les llega envuelto en seda, a ti te será entregado cubierto de espinas, y solo lo obtendrás si estás dispuesto a sangrar por ello, a disputarlo palmo a palmo, hasta que la realidad, exhausta de resistirse, ceda finalmente.
La vida, en su esencia más desnuda, es injusta. No es una anomalía ni un error del sistema; es una de las normas ciegas y férreas del juego. Y en esa injusticia, áspera como una roca sin pulir, se forja el carácter de los que no retroceden. Porque el carácter no nace en la comodidad ni se educa en la abundancia, sino en la dureza del camino, en la repetición del esfuerzo, en el fracaso que se levanta una y otra vez con los dientes apretados. Cada paso dado sobre senderos complejos, tortuosos y aparentemente interminables, se incrusta en tu ser como una cicatriz sagrada: no se borra, no se pierde, no se oxida con el tiempo. Es tuyo para siempre.
Quien jamás luchó, quien se rindió al primer temblor del suelo o al primer viento en contra, seguirá atravesando la vida como un espectador vacío, sin aliciente ni fuego en la mirada, sin ilusión ni horizontes nuevos que conquistar. Caminará por rutas llanas, sí, pero estériles; sin obstáculos que superar, sin pruebas que templen su espíritu, con la fuerza intacta pero inútil, con la resistencia virgen y el coraje dormido. Vivirá, pero no arderá. Existirá, pero no dejará huella.
Por eso, endurécete. Tórnate duro como la roca ancestral que soporta el embate de los siglos y de las tormentas, que no se quiebra cuando el mar la golpea con furia ni cuando el viento intenta arrancarle su esencia. Sé esa piedra que encara la bravura del destino con una calma casi insolente, que sabe —no cree, no espera, sabe— que es capaz de resistir oleada tras oleada de golpes sin perder su forma. No porque no duela, sino porque ha aprendido que el dolor no es un final, sino un tránsito.
Porque el sabor de la victoria, ese gusto metálico y dulce a la vez, el placer profundo y casi sagrado de alcanzar aquello que siempre te fue negado, no está destinado a los tibios ni a los impacientes. Está reservado a quienes luchan cuando ya no quedan fuerzas, a quienes resisten cuando la esperanza se vuelve frágil como el cristal, a quienes encaran la adversidad sin bajar la mirada, a quienes se atreven a doblegar el tejido áspero de una realidad aciaga hasta que, vencida y exhausta, se inclina a su favor.
Grita. Lánzale un grito de guerra a la vida, no como súplica, sino como desafío. Afronta las amenazas del futuro con una sonrisa salvaje, esa mueca que nace del cansancio y de la determinación mezclados, y contágiale al destino tu gesto indomable. Obliga a la suerte a mirarte de frente, a reconocerte, a concederte al menos el respeto que se le debe a quien no se rinde. Tal vez entonces, solo entonces, la fortuna decida esbozar una sonrisa.
No te engañes: nada garantiza la victoria, ni siquiera cuando luchas todas las batallas que el camino pone ante ti. La vida no firma contratos ni ofrece seguros. Pero hay una certeza absoluta, dura como un axioma inquebrantable: la derrota está asegurada incluso antes de comenzar si tu alma no es indómita. Si renuncias de antemano, si aceptas el suelo antes de caer, si permites que el miedo escriba tu historia, entonces ya has perdido, aunque sigas respirando.
Lucha, vive, disfruta. Haz de cada jornada un acto de afirmación, de cada paso una declaración de intenciones. Y no dudes que, más allá de cada frontera conquistada, te aguardará siempre un horizonte aún más lejano, más vasto y más exigente. Te esperará una nueva batalla, dura, implacable, pero llena de alicientes, porque en esa promesa de desafío eterno reside el sentido mismo de estar vivo.
Porque vivir es, ante todo, luchar.
