I
El mercenario llegó al pueblo cuando el día ya había comenzado a morir.
El cielo estaba cubierto por una capa espesa de nubes bajas, de un gris apagado, como si alguien hubiera extendido ceniza húmeda sobre el mundo. El aire olía a humo viejo y a miedo reciente. No había campanas ni voces. Solo el sonido apagado de pasos que se apagaban al verlo pasar.
No llevaba emblemas. Ningún color que lo identificara. Su equipo era sobrio y gastado: una cota de cuero endurecido por años de uso, una lanza larga con la hoja oscurecida por sangre seca y una espada corta colgada a la espalda, más herramienta que símbolo. Su rostro era anguloso, marcado por cicatrices antiguas que no contaban historias, solo advertían.
Cruzó la plaza sin detenerse.
Las casas se cerraban a su alrededor como animales asustados. Ventanas entornadas. Miradas ocultas tras madera agrietada. Un perro flaco gruñó y se refugió bajo un carro. El mercenario lo observó un instante, luego siguió caminando.
Sabía por qué estaba allí.
El pueblo llevaba meses viviendo en una espera tensa, una espera que no descansaba ni de día ni de noche. El ogro descendía desde las colinas cuando quería. No seguía ciclos claros. A veces atacaba dos veces en una semana. A veces desaparecía durante días, solo para volver con más violencia. No buscaba oro. No hablaba. Arrasaba.
Había roto muros con las manos. Había aplastado ganado contra el suelo como si fueran insectos. Y había matado a tres hombres antes de que el pueblo dejara de intentar defenderse.
El mercenario fue conducido al edificio comunal sin que nadie tuviera que pedirlo. Allí lo esperaban los ancianos, sentados en semicírculo, envueltos en mantas incluso cuando no hacía frío. Sus rostros eran un mapa de arrugas y noches sin dormir.
Hablaron todos a la vez al principio. Luego uno tomó la palabra.
—No es como los otros —dijo—. No huye. No negocia. No teme el fuego.
El mercenario escuchó sin interrumpir. No hacía preguntas. Nunca lo hacía. Sabía distinguir entre información útil y palabras nacidas del pánico. Prestó atención a los detalles que no se repetían: la dirección de los ataques, la fuerza necesaria para abrir ciertos muros, la profundidad de las huellas en la tierra.
Cuando terminaron, el silencio se alargó.
—¿Lo harás? —preguntó uno de ellos al fin.
El mercenario asintió una sola vez.
El pago fue acordado sin regateos. Oro viejo. Algunas piezas de plata. Y comida suficiente para el viaje de regreso, si lo había.
Partió antes del amanecer.
II
La cueva se encontraba a media jornada del pueblo, en una ladera erosionada donde la vegetación había muerto hacía tiempo. El camino ascendía entre rocas afiladas y tierra suelta. No había pájaros. No había insectos. El silencio era denso, antinatural.
El mercenario avanzaba despacio, midiendo cada paso, atento a la respiración del entorno. La entrada de la cueva era amplia, irregular, como una boca forzada a abrirse. Restos de huesos se acumulaban en las inmediaciones: ganado, animales salvajes, algún fragmento que había sido humano.
El olor era fuerte. Húmedo. Viejo.
Entró.
El interior estaba recorrido por túneles naturales que descendían y se abrían en cámaras irregulares. La luz desapareció pronto, sustituida por la penumbra azulada de un musgo que crecía en las paredes. El mercenario avanzó con la lanza preparada, respirando despacio.
El primer ataque fue brutal.
La maza descendió desde la oscuridad con un silbido pesado. El impacto arrancó un trozo de roca del tamaño de un torso. El mercenario rodó, sintiendo cómo la vibración le subía por los huesos. Se incorporó de inmediato, girando sobre sí mismo.
El ogro estaba allí.
Era enorme incluso para su especie. Su piel era gruesa, de un tono gris verdoso, marcada por cicatrices viejas y quemaduras. Su rostro era tosco, pero no estúpido. Los ojos pequeños brillaban con una atención feroz. La maza que empuñaba era un tronco reforzado con metal, astillado por el uso, manchado de sangre seca.
Rugió.
El mercenario atacó primero. La lanza se clavó en el costado del ogro, buscando profundidad. La hoja entró, pero no lo suficiente. El ogro respondió con un golpe lateral que obligó al hombre a retroceder.
El combate no tenía ritmo. Era una sucesión de choques violentos. El suelo temblaba. La cueva devolvía los sonidos deformados, amplificados. Cada golpe del ogro podía matar. Cada error del mercenario sería el último.
El hombre consiguió herir una pierna. El ogro respondió con furia creciente. Su respiración se volvió pesada. La maza descendía una y otra vez, rompiendo el suelo, arrancando fragmentos de roca.
Entonces, el ogro alzó el arma por encima de su cabeza.
El mercenario lo vio demasiado tarde.
La maza impactó contra el suelo con toda su fuerza.
Hubo un crujido profundo, un sonido que no pertenecía a la lucha sino a la montaña misma. El suelo vibró. Se abrió.
La caída fue inmediata.
III
No hubo tiempo para gritar.
El mundo se convirtió en un descenso violento, una sucesión de impactos y oscuridad. La roca se deshacía alrededor de ellos. El aire era frío, húmedo, cargado de polvo. El mercenario sintió cómo su cuerpo golpeaba una pared, luego otra, antes de caer con violencia sobre una superficie irregular.
El impacto le arrancó el aliento. El dolor fue inmediato y total.
Quedó inmóvil.
El ogro cayó cerca, su cuerpo sacudiendo la caverna con un estruendo sordo. Durante un tiempo indefinido, no ocurrió nada. Solo el sonido lejano de piedras cayendo desde arriba, y luego el silencio.
El mercenario fue el primero en moverse.
Abrió los ojos con esfuerzo. La oscuridad era casi total, rota solo por un resplandor rojizo que parecía emanar de las paredes. El aire estaba caliente. Demasiado caliente. Olía a azufre.
Se incorporó con dificultad, apoyándose en la lanza. Cada músculo protestó. Algo estaba roto, pero no supo qué.
El ogro se movió al otro lado de la cámara. Se levantó lentamente, gruñendo, palpándose el costado. Sus ojos se fijaron en el hombre.
Durante un instante, ambos se quedaron quietos.
La lucha iba a continuar.
El mercenario dio un paso al frente. El ogro levantó la maza.
Entonces, el suelo vibró.
No fue un impacto. Fue un latido.
Uno solo.
Las paredes parecieron respirar. El resplandor rojizo se intensificó. El mercenario sintió el calor en la piel, un calor profundo, antiguo.
Un sonido recorrió la caverna.
No era un rugido todavía. Era algo más bajo, más grave. Como el roce de una montaña al moverse.
El ogro bajó lentamente la maza.
El mercenario giró la cabeza.
En la oscuridad, algo enorme se desplazó. Una forma colosal se incorporó lentamente, desplegándose entre columnas de roca y estalactitas. Escamas del tamaño de escudos reflejaron la luz. Un ojo se abrió, luego otro, dorados, atentos.
El dragón despertaba.
El mercenario y el ogro se miraron.
No hubo palabras. No hubo dudas.
Asintieron.
IV
El dragón terminó de incorporarse con una lentitud terrible, como si cada movimiento fuera un acto deliberado, consciente del efecto que producía. Al alzar el cuello, su cabeza rozó el techo de la caverna y arrancó fragmentos de roca que cayeron al suelo con golpes secos. El calor aumentó de inmediato. El aire se volvió espeso, difícil de respirar.
El mercenario sintió cómo el sudor le recorría la espalda. No retrocedió. Ajustó el agarre de la lanza y buscó con la mirada una salida que no existía.
El ogro avanzó un paso, luego otro. No rugió. No golpeó el suelo. Observaba. Su respiración era pesada, pero contenida. La maza colgaba de su mano, preparada.
El dragón abrió la boca.
El fuego no salió de inmediato. Primero llegó el sonido: un siseo profundo, como si el aire mismo se desgarrara. Luego, una lengua de fuego brotó, corta, de advertencia. La roca donde impactó se volvió líquida durante un instante.
El mercenario se movió.
Corrió hacia la izquierda, buscando obligar al dragón a girar. La lanza voló y se clavó entre dos escamas del cuello, no lo suficiente para atravesar, sí para irritar. El dragón rugió, ahora sí, un sonido que atravesó el cuerpo como una vibración interna.
La cola barrió el espacio con violencia. El mercenario se lanzó al suelo, sintiendo el aire cortado sobre su cabeza. El impacto contra la pared opuesta hizo temblar la caverna.
El ogro aprovechó.
Corrió hacia el flanco del dragón y descargó la maza contra una pata trasera. El golpe no la rompió, pero hizo que el monstruo se tambaleara. El dragón giró, lanzando fuego en un arco amplio. El ogro retrocedió a tiempo, su piel chamuscada desprendiendo un olor acre.
La lucha se convirtió en un movimiento constante.
El mercenario atacaba y se retiraba, obligando al dragón a seguirle, a girar, a exponer zonas vulnerables. El ogro golpeaba con fuerza bruta, buscando desequilibrar, provocar, distraer. No hablaban. No se miraban. Cada uno conocía su papel sin necesidad de acuerdo.
El dragón aprendía rápido.
Clavó las garras en el suelo y se impulsó hacia delante. El mercenario apenas tuvo tiempo de rodar cuando la cabeza descendió como un ariete. El impacto destrozó la roca donde había estado un segundo antes.
El hombre se levantó con dificultad. Algo crujió en su costado. Respirar dolía.
Vio entonces la estalactita.
Colgaba del techo, enorme, agrietada por las vibraciones del combate. El mercenario miró al ogro. No señaló. No gritó. Simplemente atacó de nuevo, lanzándose hacia el rostro del dragón con una ferocidad que no había mostrado hasta entonces.
El dragón respondió.
La cola se movió con una velocidad brutal.
El golpe alcanzó al mercenario de lleno.
Sintió cómo su cuerpo se elevaba, cómo el mundo giraba. El impacto contra la pared fue seco, definitivo. Algo se rompió. La lanza cayó lejos de su alcance. La visión se le nubló.
Mientras caía, vio al ogro alzar la maza.
El ogro no miró al hombre. Miró arriba.
Y lanzó.
La maza golpeó la base de la estalactita con un estruendo ensordecedor. La roca cedió. El bloque entero se desprendió, cayendo en una trayectoria lenta, inevitable.
El dragón giró demasiado tarde.
La estalactita se clavó en su espalda con un sonido húmedo, profundo. El rugido que siguió no fue de furia, sino de dolor puro. El fuego se apagó. El cuerpo colosal se estremeció una vez, dos.
Luego cayó.
El impacto sacudió la caverna. El polvo lo cubrió todo. El silencio que siguió fue espeso, casi insoportable.
V
El mercenario no vio la muerte del dragón.
La oscuridad llegó antes.
Despertó con una sensación extraña: calor constante, presión firme sobre el pecho, un dolor difuso que ya no era punzante. Abrió los ojos lentamente.
La caverna estaba iluminada por un resplandor tenue. No provenía del fuego, sino de cristales incrustados en la roca. Estaba tendido sobre una superficie relativamente plana, cubierto con pieles gruesas. Su cuerpo estaba vendado de forma tosca pero eficaz.
Intentó incorporarse.
Una mano enorme descendió sobre su pecho, inmovilizándolo al instante. El mercenario tensó los músculos, preparado para luchar incluso en ese estado.
El ogro estaba allí.
Arrodillado a su lado. Observándolo.
Sus ojos, antes encendidos por la violencia, estaban tranquilos. Alertas, pero tranquilos. La presión de su mano no aumentó. No había amenaza en el gesto.
El mercenario dejó de moverse.
El ogro retiró la mano despacio.
Durante un tiempo largo, ninguno hizo nada. El silencio no era incómodo. Era necesario.
Los días pasaron sin medida clara. El mercenario se recuperó despacio. Caminaba apoyado en la pared. Respirar dejó de doler. El ogro traía agua de algún lugar profundo de la caverna. Carne asada. No hablaban. No hacía falta.
Había una deuda.
Cuando el mercenario pudo mantenerse en pie sin ayuda, supo que debía marcharse. No por miedo. Por costumbre. Los vínculos no formaban parte de su vida.
Antes de irse, regresó a la guarida del dragón.
El cuerpo seguía allí, inmóvil, gigantesco. Al rodearlo, algo llamó su atención. Una forma distinta. Más esbelta. Protegida.
El dragón no era un dragón.
Era una dragona.
Y detrás de un grupo de rocas, oculto del calor directo, encontró el huevo.
La cáscara estaba agrietada.
El mercenario se quedó allí, inmóvil, observando. No sabía por qué. Tal vez por respeto. Tal vez por cansancio.
El huevo se abrió con un sonido suave.
Una criatura pequeña emergió, torpe, húmeda, con alas plegadas contra un cuerpo aún débil. Alzó la cabeza. Sus ojos se abrieron y se fijaron en el humano.
Emitió un sonido agudo. Casi un juego.
El mercenario sintió algo que no esperaba sentir.
Se agachó.
VI
El mercenario permaneció agachado, inmóvil, mientras la criatura terminaba de liberarse de la cáscara. No había prisa. El pequeño dragón luchaba torpemente, empujando con patas aún débiles, sacudiendo las alas como si no comprendiera su propio peso. Cada movimiento iba acompañado de un sonido leve, casi curioso, impropio de algo nacido de una bestia capaz de arrasar pueblos enteros.
Cuando por fin quedó fuera, respiró hondo. El aire a su alrededor se calentó apenas un grado. No fuego. No amenaza. Solo vida.
El mercenario lo observó con atención clínica. Escamas aún blandas, de un tono apagado, sin el brillo endurecido del adulto. Ojos grandes, atentos. Demasiado atentos. La criatura inclinó la cabeza y dio un paso torpe hacia él.
El hombre no retrocedió.
Extendió una mano despacio, consciente de que cualquier gesto brusco podía provocar una reacción imprevisible. El pequeño dragón olisqueó el aire, luego rozó los dedos humanos con el hocico. El contacto fue cálido. Vivo.
El mercenario cerró los dedos con cuidado.
No había ternura en el gesto. Había aceptación.
Levantó a la criatura con ambas manos, sintiendo su peso sorprendentemente ligero. El dragón emitió un sonido breve, casi satisfecho, y plegó las alas contra su cuerpo.
El camino de regreso fue lento.
La caverna parecía distinta ahora. Menos opresiva. El cuerpo inmóvil de la dragona seguía allí, imponente incluso en la muerte, pero el mercenario no la miró de nuevo. No había nada más que tomar de ese lugar.
Cuando llegó a la cámara donde el ogro descansaba, el sonido de pasos bastó para activar el instinto.
El ogro se levantó de un salto.
La maza fue alzada en un movimiento reflejo, rápido, violento. El mercenario se detuvo en seco. No levantó el arma. No habló.
El ogro vio primero al hombre.
Luego vio lo que llevaba.
La maza se detuvo a medio recorrido.
El pequeño dragón asomó la cabeza desde el hueco formado por los brazos del mercenario. Emitió un sonido breve, curioso, y agitó una ala con torpeza. Una chispa mínima saltó al aire y se apagó antes de tocar el suelo.
El ogro gruñó, un sonido bajo, confuso.
Sus ojos pasaron del mercenario a la criatura. Durante un instante, la tensión llenó la cámara. El arma seguía alzada. Bastaría un movimiento.
El mercenario sostuvo la mirada.
No había desafío en ella. Tampoco súplica.
El ogro bajó la maza lentamente.
Se acercó un paso. Luego otro. Se inclinó, enorme, hasta quedar a la altura del pequeño dragón. La criatura lo observó sin miedo. Alargó el hocico y tocó uno de los dedos gruesos del ogro.
El ogro se quedó inmóvil.
Luego retiró la mano con cuidado excesivo.
Se sentó.
El silencio volvió a instalarse, pero no era el mismo silencio de antes. Era un silencio nuevo, inestable, cargado de algo que ninguno de los dos sabía nombrar.
VII
El mercenario debía marcharse.
Lo sabía. Siempre lo había sabido. Su vida había sido una sucesión de lugares abandonados, de trabajos concluidos sin mirar atrás. Permanecer no era una opción que considerara real. No era miedo. Era estructura. Orden.
Pero el tiempo pasó.
Un día. Luego otro.
El pequeño dragón creció con rapidez inquietante. Sus alas ganaron fuerza. Sus escamas comenzaron a endurecerse, adquiriendo un brillo tenue. Jugaba con piedras, con huesos, con cualquier cosa que encontrara. Seguía al mercenario a todas partes. Dormía cerca del ogro, atraído por el calor constante de su cuerpo.
El ogro observaba.
No hablaba, pero aprendía. Ajustaba la fuerza de sus movimientos. Dejaba la maza a un lado cuando la criatura estaba cerca. Traía comida distinta, más blanda. Más fácil de masticar.
El mercenario se dio cuenta de que el ogro no era estúpido. Nunca lo había sido. Solo había estado solo.
Una noche, mientras el pequeño dragón dormía enroscado entre ambos, el mercenario se levantó. Preparó su equipo en silencio. Ajustó las correas. Tomó la lanza.
El ogro lo observó desde la penumbra.
No se movió.
El mercenario se detuvo en la entrada de la cámara. Miró atrás. La criatura respiraba despacio, emitiendo pequeños sonidos irregulares. El ogro seguía despierto.
Durante un instante, el mercenario sintió el peso de algo que no había cargado nunca.
Dejó la lanza en el suelo.
Se sentó de nuevo.
VIII
No hubo promesas. No hubo palabras solemnes.
Solo decisiones tomadas sin ruido.
Con el tiempo, el mercenario encontró salidas ocultas de la caverna. Pasajes antiguos que llevaban a valles olvidados. Aprendió a cazar de nuevo, no por encargo, sino por necesidad compartida. El ogro lo acompañaba. El pequeño dragón volaba torpemente sobre ellos, cada vez más seguro.
Desde el exterior, nadie habría comprendido lo que veía.
Un ogro que ya no descendía a los pueblos. Un mercenario que no regresó. Un dragón joven que nunca atacó.
Las historias cambiaron. Se deformaron. Hablaron de monstruos que se devoraron entre sí. De héroes muertos. De milagros.
Nadie habló de familia.
En las profundidades de la montaña, tres seres distintos compartían el mismo silencio. Uno hecho de respeto, de deudas saldadas, de una violencia que había aprendido a contenerse.
El mercenario sabía que el mundo de arriba seguía siendo peligroso. Sabía que algún día tendría que enfrentarse de nuevo a la muerte.
Pero por primera vez, no lo haría solo.
Y eso, más que cualquier victoria, era lo que había cambiado el curso de su vida.
