The lie that took my name

The lie that took my name

Un relato de ficción basado en una vivencia real pero extrapolado a otro contexto y escala.
Para los que saben lo que es ser un exiliado, un desarraigado forzado por alguien cercano y malintencionado.
Para los que han sufrido la injusticia de las acusaciones falsas.
Para los que no saben jugar al juego de la mentira y la calumnia sin objetivo.
Para todos aquellos que fueron traicionados por las personas en las que más confiaban.
El mundo no está diseñado para los honestos, no para los decentes.
Lanzar acusaciones falsas rara vez se paga en la medida que se debería. En la ley, por ahora y no en todos los casos en nuestro país, existe la presunción de inocencia, pero quien calumnia en lo privado parece tener el control y ser responsabilidad del acusado probar su inocencia, cosa casi imposible, sobre todo cuando en lugar de la razón, la persona acusadora establece un reino emocional que además impregna malignamente a todo el que le rodea en el cual cualquier argumento real y bien cimentado es contestado en lugar de con otro argumento, con lágrimas y apariencia de ofensa infinita.
Rara vez quien ostenta un poder del tipo que sea tiene el nivel moral que requeriría el lugar que jerárquicamente ocupa, rara vez quien es capaz de usar ese poder para denigrar, destruir y hundir a alguien con calumnias y falsas acusaciones tiene la suficiente conciencia, raciocinio y humanidad como para responsabilizarse de lo que ha hecho y corregir su error como sería su obligación.
En general la gente se guía por su emocionalidad y articula su vida alrededor de enloquecidas carreras hacia adelante huyendo en la dirección más inadecuada y sin salida posible, la dirección de una decisión equivocada que lleva a ninguna parte, o peor aún, a un lugar mucho peor que el de origen.

Desde niño busqué los caminos y la soledad del viento y los barrancos, me perdí entre la hierba, el boj y los musgosos muros de los campos. Busqué la verdad de las leyes de la naturaleza porque siempre fueron más duras, reales y honestas que las relaciones humanas. Busqué perderme en los montes, en el denso bosque y las noches estrelladas antes que sumergirme en la estupidez sin objetivo de las infinitas discusiones humanas que discurren casi siempre sin el timón de la de la verdad y la razón.

Comprendí sin problema la crueldad y la estupidez de la inmensa mayoría de la gente que me rodeaba y desde muy niño me negué a entrar en ese juego en el cual podría ganar fácilmente victimizándome y hundir en la más abyecta miseria para siempre a cualquier contendiente jugando sin normas en el campo de la emoción sin límites, pero cuyo premio, tan anhelado por lo visto por los demás, se me antojaba la mayor y peor carga que alguien puede llevar sobre sus hombros el resto de su vida, sin posibilidad real además que deshacerse de ella cuando eres demasiado consciente de la realidad de las cosas y ni quieres ni puedes relativizarla ni aplicar la doble vara de la que todo el mundo parece disfrutar tanto.

Desde niño supe algo que la gente suele rehuir para no enfrentarse a sus propios actos hasta la tumba.

Desde niño no dispuse ni quise disponer de ese escudo falso y repugnante que casi todo el mundo impone entre la realidad de sus actos y cómo él mismo los interpreta y relativiza.

No comprendo la vida desde la mentira y la justificación. No concibo cómo la gente puede distorsionar su propia imagen para que cuadre con aquello que dicen ser, sin ser.
Llevo toda la vida luchando y tratando de controlar la rabia y la desolación que me provoca ver a las personas que me importan retorcer y negar la realidad con el único fin de hacerme mal sin que ello les reporte ningún beneficio.
Ya no trato de comprender, ya solamente he aprendido a controlar esa rabia y el impulso de explicar y razonar con quien solamente desea hacer mal y sentir que ostenta el poder y puede abusar de él sin remordimientos al parecer.
La estupidez y la emocionalidad reinan y dominan el mundo mientras una herramienta tan poderosa como es el cerebro es equipada y alimentada en personas que solamente hacen de ella uso más absurdo que nadie podría hacer, poner la sinrazón, la mentira y la maldad sin objetivo por delante de la verdad, la razón, la honestidad, la dignidad y el ánimo constructivo.

Que todo el bien que cada uno alimentemos nos sea devuelto, multiplicado por mil. Y que lo mismo suceda con el mal que provoquemos.

O dicho de otro modo, mis mejores y mis peores deseos a todos, pero independiente de mis deseos, que carecen de poder porque jamás se lo di ni se los pienso dar, que la realidad ponga en su sitio a cada cual. Que la verdad y la coherencia triunfen en lugar de la mentira y las emociones, y que el mundo que sería consecuencia final de los actos de todas esas personas sin criterio jamás se manifieste ni tenga presencia.

The lie that took my name

I trusted blood the way you trust
the ground beneath your feet,
I thought a crowded table
meant a shelter, not deceit.
I gave my hands to every winter,
I was bread and flame and voice,
but when the storm came through the door,
no one asked who made the noise.

They pointed with the very hands
I once had learned to kiss,
swore they saw fire in my eyes
where there was only mist.
They passed around my silence
like a verdict in the air,
and in the room where I was a child,
they left me standing there.

I was not what they accused me of,
I did not wear that stain;
but mud, once thrown against the sky,
comes down on spring like rain.
And though I cried my name aloud
against a bolted wall,
truth came barefoot to the door,
while lies walked through the hall.

So I learned to live alone,
with my shadow at my side,
not to beg the same old roof
to let me back inside.
I learned some knives stay hidden,
never shining in the hand,
and sometimes those who break you
share your blood, your name, your land.

At first I was made of glass,
every whisper split me wide,
I slept with clenched and aching teeth
against the turning tide.
I kept old letters unopened,
turned the pictures to the wall,
and a starving need for justice
burned like fever through it all.

But time, that patient blacksmith,
never asked me why I bled;
it took the rage inside my chest
and hammered it instead.
It made me harder on the outside,
sharper in the eye,
less eager to be fooled
by a trembling lullaby.

Now I do not run to voices
promising to make me whole,
I do not hand my wounds
to the first one who hears my soul.
Now I choose my table wisely,
choose my word and choose my war;
not everyone who calls you brother
knows what brotherhood is for.

I was not what they accused me of,
I did not earn that shame;
but I learned that even innocent men
can be exiled just the same.
And though the world made stone of me,
it never built a wall;
inside I keep a burning coal
that hatred cannot call.

So I learned to live alone,
without kneeling to the pain,
to build a house with my own hands
in the ashes and the rain.
Harder, yes, but not blind;
wiser, not undone;
tempered like the iron
that kissed the fire and became one.

Let them keep the story
they invented in the dark;
I will keep my footsteps,
I will keep my spark.
I do not need their pardon,
nor their tears upon my name;
some doors, when they close behind you,
set you free from shame.

And if one day they ask you
what became of the accused,
say he buried his old fear
where they wanted him to lose.
Say he walked out of that house
without blessing, shield, or crown,
but he learned to be his own home
when the bloodline let him down.